Narrativas feministas para entender el mundo 

Los monstruos de Occidente, Palestina, y el sentido de la cooperación

06/11/2026

Martina Madaula | Barcelona

Martina Madaula es antropóloga especializada 
en migraciones con perspectiva de género. 
Doctoranda por a la Universitat de Barcelona sobre las supervivencias de las mujeres migrantes en la frontera
sur de México.

Hummus, mutabbal, falafel, knafeh, muhammara, hummus con carne, labneh, té, con menta, té, té… El espacio ruidoso y humeante del restaurante Hashem, en el centro del caótico centro de Ammán, está abarrotado, como siempre. Los platos y platillos van y vienen por encima de nuestras cabezas a toda velocidad. Hummus, mutabbal, falafel, té, pan, khobz. No somos las únicas personas occidentales, las teces blancas y los pelos rubios afrancesados se mezclan con las teces blancas, morenas y los cabellos rubios y morenos de la gente jordana y palestina.  

Más de la mitad de la población jordana es de origen palestino. La Nakba de 1948, motivada por la proclamación del estado de Israel y la consecuente expulsión de aproximadamente 700.000 personas palestinas de su territorio, impulsó la búsqueda de refugio de muchas de ellas en el país vecino: Jordania. Y el rey Abdalá otorgó la ciudadanía jordana a aproximadamente medio millón de refugiados palestinos. En la llamada Guerra de los Seis Días, en verano de 1967, Jordania fue testigo de un segundo éxodo de refugiados palestinos hacia su territorio.

Hoy en día, en Jordania hay registradas más de 2.200.000 personas refugiadas de Palestina. Prácticamente todas gozan de ciudadanía plena en este país, a excepción de los 140.000 provenientes de Gaza, que pueden contar con pasaportes temporales que no impliquen la ciudadanía, y no tienen derecho a votar ni a trabajar en el Gobierno. 

Las calles del centro de Ammán inundan los paseos de banderas palestinas y sandías. La solidaridad del discurso popular es inmensa, aunque la realidad, sesgada por intereses económicos, sea más compleja. En nuestra mesa de Hashem se sientan dos palestinos. Dos hombres, de piel morena y pelo blanco. Siempre bromean, entre ellos en árabe y con nosotros en inglés, siempre se ríen más allá del alcance de sus chistes. Charlamos, sobre su viaje, su visado, sobre Israel, sobre Palestina… 

– Did you hear about the last thing they did? With the registrations?

Nos cuentan que Israel estaba retirando las licencias de actividad a las ONG que operan en Gaza y Cisjordania, entre ellas Oxfam, Médicos Sin Fronteras, Acción contra el Hambre, Cáritas, el Consejo Noruego para los Refugiados, World Vision International y CARE. En esta nueva ley, Israel introdujo nuevas exigencias, como facilitar un registro de los trabajadores palestinos de estas organizaciones, algo a lo que varias se han negado porque consideran que compromete la seguridad de los trabajadores, o rechazar su licencia en caso de negar la existencia de Israel como Estado judío y democrático.

Nos cuentan que quieren saber cuáles son las ONG que van a comprar las exigencias de Israel. Mientras, nosotros escuchamos, sin saber bien qué decir –nunca sé del todo qué decir cuando hablo con personas palestinas, es la misma sensación que cuando alguien ha perdido a un ser cercano y todo parece insuficiente, patoso– sin decirlo, supongo que todos nos planteamos el sentido de nuestro viaje, el sentido de las ONGs, de la cooperación. Siempre ha sido arduo explicar y comprender el sentido de esta profesión, pero más aún cuando el mundo se encuentra patas arriba, o de rodillas, sometido al fascismo. 

Mi viaje a Jordania se debe, justamente, al proceso de identificación de proyectos para una ONG. La intención es priorizar proyectos con perspectiva de género. Feministas. ¿Feministas? El feminismo es un término que suele generar rechazo o distancia por parte de la población jordana. Es leído como un concepto occidental, que incluso llega a legitimar un genocidio como el de Palestina. Las mujeres jordanas, en más de una ocasión, me han expresado que ellas no necesitan la ayuda de las ONGs. Una técnica administrativa de una universidad argumentaba:

– Nosotras estamos bien, os creéis que no es así porque nos ocupamos nosotras de la casa, pero a mí ya me parece bien. Yo tengo una carrera, tengo estudios, pero también soy mujer y madre y así debe ser.

La decana de enfermería decía: 

– Yo animo a los hombres a matricularse, porque ahora hay más mujeres que hombres en las universidades, pero eso no puede ser, porque los hombres no tienen cargas en casa, y pueden llegar a ser mejores profesionales. 

De nuevo, queda suspendido, o bajo interrogante, el sentido de la cooperación. Me pregunto si no nos hemos precipitado al anticipar una problemática de la que, por qué ocultarlo, también nosotros queremos salir beneficiados. 

Pese a las afirmaciones de mis interlocutoras jordanas, los estudios demuestran que un 9,7% de las mujeres entre 20 y 24 años se casaron antes de la mayoría de edad; la ratio de partos en adolescentes es de 17 entre 1.000; en febrero de 2024, sólo el 13,1 % de los escaños en el Parlamento estaban ocupados por mujeres. En 2018, el 13,5 % de las mujeres de entre 15 y 49 años informó que había sido víctima de violencia física y/o sexual por parte de una pareja íntima actual o anterior en los 12 meses previos. Y lo más preocupante: Jordania tiene una de las tasas más bajas de participación femenina en la fuerza laboral del mundo, ubicándose con frecuencia entre los cinco últimos a nivel global, pese a los altos niveles de educación entre las mujeres. 

Dina, una activista feminista –ella sí usando el término occidental y apropiándoselo a su contexto–, me invita a tomar un café para reflexionar sobre el enfoque adecuado a la hora de trabajar proyectos de cooperación con perspectiva de género en Jordania. 

– El problema del acceso de las mujeres al trabajo en Jordania es mucho más profundo. En muchos trabajos, a las mujeres se les paga muy poco, y si tienen que cubrir su transporte, en muchos casos incluso pierden dinero por ir a trabajar. Eso teniendo en cuenta que luego vuelven a casa y tienen que realizar su doble jornada laboral, porque los hombres no se están encargando de las tareas de cuidado y limpieza. Muchas ONGs vienen aquí para hacer programas de inclusión laboral, pero no tienen en cuenta cuestiones más profundas, y acaban condenando a las mujeres a más precariedad.

La cooperación internacional no debe imponer ideas o formas de comprender y reproducir culturas. Parece evidente, pero sigue haciéndolo. Por el contrario, debe mantenerse a la escucha, como una red invisible que alivia el daño de la caída. Cooperar, ayudar, empatizar, solidarizarse…son términos que se han cuestionado, acertadamente, por su herencia colonial, por su imposición supremacista de la epistemología del norte y la universalización de los derechos. Pero son los términos que, en su raíz etimológica, y su sentido más llano, definen la humanidad. En un mundo en que el liderazgo del individuo, el supremacismo y los valores fascistas que ya creíamos superados vuelven a imperar en el orden global, la cooperación internacional debe reivindicar y reapropiarse de estos términos, debe reivindicar el valor del humanismo más esencial, la ayuda mutua. Algo así, tan evidente y tan sencillo, es lo que nos recuerdan los compañeros de viaje palestinos. 

– En general, nos sentimos solos, así que saber que hay alguien allí, que no nos olvidan y que alguien nos quiere ayudar, eso ya significa mucho.

El último día de nuestro viaje, Dina nos invitó a comer a su casa un maqlouba, un plato típico de la cocina de Oriente Medio y en concreto de Palestina, que consiste en una mezcla de verduras y cordero cocinados con arroz. Su nombre, literalmente, significa ‘boca abajo’ o ‘al revés’, ya que para servirlo, la cacerola debe tumbarse del revés sobre un plato, dejando caer todo su contenido. 

Como de costumbre, al acabar la cena nos sentamos a tomar té en el sofá. Hablamos de Trump, de los monstruos de Occidente… Musk, Netanyahu, Epstein… pero lo hacemos como quien habla del tiempo, con desgana, llenando los silencios, compartiendo la incertidumbre…y la desesperación. La conversación se va apagando y algún bostezo asoma con timidez. El día ha sido largo. Antes de irnos, Ahmad, uno de los hombres palestinos clama (casi para sí mismo): 

– Esto es el final de Israel. Todo esto va a jugar en su contra. La noche más oscura es siempre la que llega antes del alba. Ellos perecerán, nosotros no, estoy convencido. Este es su final, otro final de la historia, otro más.

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